Un Mundo sin Fin es la secuela no-secuela de Los Pilares de la Tierra. Esto lo sabemos todos, claro. Menuda la brasa que nos han dado en todos los medios con el “librito” de marras. El caso es que ando a medias con su lectura, que me está resultando (casi) tan amena como la de su antecesor. Pero con todo lo amena que sea, se me hace pesada. Pero pesada de la hostia, oigan. En sentido literal. Y es que, si Pilares lo disfrute en una edición de bolsillo tan gorda que era casi cúbica (pero pese a ello ligera cual la virtud de mi prima la de Requena), este libro lo tengo en tapa dura. No hay más opciones, al menos de momento. Ya se asegurará la editorial, cuando las ventas bajen, de sacar la edición bosillera. Pero, de momento, esto es lo que hay, y debo decir que no recuerdo haber pasado nunca tal incomodidad leyendo. Tanto es así, que he relegado su lectura a los pocos ratos libres que tengo durante el día, dejando para la mesilla de noche libros de menor peso específico. Y es que sostener el tochazo del Follet sobre las costillas o sobre la tripita durante más de diez minutos es una garantía de angustia que no ayuda nada a relajarse tras la dura jornada. Así que ahí queda mi crítica, que tiene muy poco de literaria:El libro gordo te enseña. El libro gordo entretiene. Y yo te digo contento… ¡que el libro gordo me aplasta, coño!
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